comunicación, redes sociales, social media, miami, venezuelaLlegué a la escuela de Comunicación Social de la UCV hace unos tres años. La ilusión de abandonar el bachillerato para -por fin- dedicarme exclusivamente al tema que me interesaba, era un bálsamo refrescante para calmar 5 años de transitar un camino cuya dirección uno nunca acaba de descifrar por completo.

El primer semestre fue, por demás, un gran balde de agua fría. Las clases de la Universidad guardaban una triste semejanza con mi bachillerato: todo parecía estar descubierto y no había espacio para nuevas ideas. Los dogmatismos que muchas veces nos propone la academia se sienten, de alguna forma, como una castración intelectual.

Para ser sincera, siento que pase gran parte de los últimos 3 años de mal humor. No sé cuántas veces estuve a punto de retirarme clandestinamente.

Entonces, ¿qué cambió? ¿por qué decidí dedicar mi vida a las comunicaciones?

Descubrí que el autoritarismo del que nos sentimos víctimas tantas veces no es más que un estado mental, una zona de confort. Para ser creativos y hacer lo que nos gusta necesitamos nuestra propia autorización. Necesitamos creer y apasionarnos. Tener instinto.

Resulta que todas las normas y las rigurosidades que muchas veces nos limitan en la Universidad están para romperse. O, bueno, digamos: para mejorarse.

Esa rutina, de la que tanto me quejaba fue, sin duda, la mejor escuela para aprender a hacer algo diferente y para tener la certeza de que podíamos mejorar mucho.

La comunicación, entonces, se transforma en un territorio amplio, diverso, adaptable a cada aventurero que se atreva a iniciar una exploración que parte del cuestionamiento y no necesariamente sabe a dónde se dirige.

¿Por qué? Porque escribimos para personas reales. Personas que sienten, que también se apasionan, que se entristecen, que se emocionan. Si bien es cierto que somos parte –todos- de una gran industria, esta industria ya no es plana. La audiencia no es plana y, por ende, los mensajes que se producen tampoco deben serlo. Necesitamos creer en la gente.

Hoy, quizás más que nunca, estamos en el terreno de lo posible. Las fórmulas quedan atrás para darle paso a las formas, a las variaciones, a la visión.

Desde mi perspectiva hay dos maneras de afrontar el panorama: entristecernos, porque nos sentimos atrapados en un sistema que indiscutiblemente no nos satisface, o esperanzarnos, porque es justamente en estos tiempos donde podemos redescubrir nuestro trabajo, sus herramientas, sus diferentes caminos y destinos; podemos redescubrir la humanidad y volver a creer en que no estamos solos. Pero sobretodo, en esta nada tan grande (sí), tan asfixiante (sí), tan oscura (sí), podemos hacer y trabajar duro. Nosotros tenemos el placer de crear.

¿Estás dispuesto?

Gabriela Consuegra – Equipo de Contenidos